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"Hay adultos que no superan nunca la fase de exhibicionismo propia de la infancia y quieren hacer siempre de la mirada ajena un espejo de su autoimagen.
(...) la psicología experimental considera, según los estudios de Dollard, Miller y Sears, que toda forma de agresión presupone una frustración. Según eso, la tendencia al exhibicionismo es un síntoma de inmadurez.
El exhibicionista no se soporta, se cree inferiorizado y por lo tanto necesita transformar la mirada ajena en lente de aumento capaz de ampliar su propia imagen. Él sólo se ve en la mirada del otro, pues ante sus propios ojos se siente emocionalmente castrado. De ahí su miedo a la soledad, no sólo a la soledad física, sino sobre todo a la soledad simbólica, de quien se siente como una llama apagada. El exhibicionista necesita sentirse siempre encendido, con su luz proyectada sobre los ojos ajenos.
(...)
En el niño se manifiesta el exhibicionismo por la desobediencia, necedad, travesuras, gusto en desafiar normas y costumbres, exposición al peligro físico. En su grito de independencia y vida, él suplica, inconscientemente, atenciones que compensen la pérdida inconsolable del cuidado materno, que hasta hace poco era permanente y protector. Trata de arrancar aplausos o indignación a quienes se le acercan, transformando el medio social -esa piscina en la que fue tirado contra su voluntad- en su escenario. En la escuela desafía a los profesores y hace lo indecible por conquistar la admiración de sus compañeros.

Extensiones y frustraciones
En la edad adulta el exhibicionismo se caracteriza por la búsqueda incansable de bienes compensatorios a la castración emocional. La mansión, las joyas, el auto de lujo, las funciones profesionales o políticas... todos ellos son adornos para tratar de encubrir una personalidad enana que no consiguió afirmarse ante sí misma y que por tanto siempre se mide por la opinión ajena. En la esfera afectiva el exhibicionista da más valor a los atributos físicos que al compromiso objetivo y a la intensidad del encuentro subjetivo con el otro. Su contraparte es alguien que le mire, tratando de suscitar envidia ajena, como el niño que va a la escuela con reloj nuevo, no para saber la hora sino para que todos queden admirados de su objeto de ostentación.

En el ejercicio de un cargo de dirección, el exhibicionista siente una necesidad compulsiva de comprobar siempre su poder, destacándose por la arbitrariedad y transformando a sus subalternos en meros instrumentos de su soberbia. Se complace en exhibirse incluso cuando hace algún gesto magnánimo.

El exhibicionista no se confunde con el vanidoso, aquel que se reviste de cualidades imaginarias y se juzga íntimamente como el centro de las atenciones. Ni con el orgulloso, que se considera intelectual o socialmente superior, aún cuando asume la postura de parecer un buen oyente. El exhibicionista es, por desvío de carácter, un extrovertido, en el sentido etimológico y etiológico del término (inversión extroyectada). Él exporta hacia los otros su propia imagen, como si todos se sintieran más honrados al revestirse de ella.

Carente de sí mismo, siempre quiere sorprender, ocupar todos los espacios, contemplarse a sí mismo en el altar erigido por sus gestos espectaculares. No quiere ser sólo contemplado y adorado por los otros. Insiste en ser simultáneamente objeto venerado por la mirada ajena y por la suya propia. En ese sentido, en el centro de sus sueños no están los ideales que profesa o el amor que jura, sino su figura misma. Todas sus motivaciones "altruistas" comienzan y terminan en su ego.

Teniéndose como autorreferente, el exhibicionista es un eterno insatisfecho consigo mismo y, por tanto, un perfeccionista. Como si le faltase un miembro esencial de su cuerpo y fuera necesario recurrir a continuas artimañas para encubrir y compensar el defecto. Por eso, está siempre tratando de completarse, o sea, dotándose de aparatos - veloces, potentes, avanzados- que ensanchen la extensión de su cuerpo. De tal modo el exhibicionista se complace en suscitar la envidia de todos cuantos se le acercan y no soporta convivir con quien se muestra más capaz que él. Ni admite la indiferencia.
El ostracismo es la muerte del exhibicionista. Todo, menos el anonimato. Su infierno es la clausura, la carencia de bienes ostentosos, la reducción de estatus o la pérdida de poder. No actúa movido por principios. Su palabra vale hasta caer el pedestal que lo sustenta. Entre la autoimagen y la palabra, él salva la primera, pues su relación con el mundo es preponderantemente estética y no ética, como un actor que sólo cree en la fuerza del personaje si la escenografía causa impacto.

El exhibicionista nunca demuestra señales de debilidad, condescendencia o tolerancia. Revestido de supuesta omnipotencia, se desculpabiliza de toda acción inescrupulosa, como si le incumbiese la misión histórica de innovar los patrones morales. Por lo mismo, no se avergüenza de sus errores ni se duele del sufrimiento ajeno, pues está convencido de que los demás no merecen la suerte de poseer, como él, la estrella de la exhuberancia ilimitada.

En la vida diaria el exhibicionista no dialoga, se impone. Cuando escucha es con la mente centrada en sí mismo y no en los argumentos del interlocutor. Cuando habla, cree más en la fuerza simbólica del sonido de su voz que en la lógica de su argumentación.

Lo que más teme el exhibicionista es enfrentar las situaciones- límite de la vida. Para él el dolor, el fracaso, la necesidad y la muerte son insoportables y, con miedo al sufrimiento derivado de la decisión de asumirlas, se escabulle, como si el lado trágico de la vida no le mereciera respeto. Huye psicológicamente cuando surge en su camino alguna forma de limitación o de necesidad. Es lo que el psicoanálisis freudiano califica como negación. Imita al avestruz, ocultando la cabeza en su propio ego, como si la vida fuera siempre fiesta, y nunca féretro. Pero como en la vida la culpa que se contrae por omisión es incomparablemente mayor que la cometida por trasgresión, el exhibicionista lucha con sus eventuales sentimientos de culpa accionando el mecanismo de proyección de su autoimagen.

Ante la miseria ostenta riqueza; frente a la corrupción se constituye en paradigma moral; entre tantos hambrientos malgasta salud; en una situación de debilidad arremete como fiera. Se ofrece como referencia catártica a todos los que viven en necesidad. En él todo es completo y los necesitados lo miran como el niño al Superhombre que encarna sus fantasías omnipotentes.

El exhibicionista es, por carácter, detallista. Todo le irrita cuando no corresponde a su gusto, pues él quiere verse en el orden circundante. El mundo es extensión de su figura. Y el caos es su infierno, porque estropea el escenario cuyo centro ocupa él.

En suma, el exhibicionista no se admite como uno entre los demás. Todos, quiéranlo o no, están obligados a contemplar su venerable figura -fuente de vida y de placer... de él-, corriente aprisionadora para quienes se dejan subyugar, espada mortal para quienes se atreven a mirar en otras direcciones". (REBELION.ORG)

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