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EL ALTAR MAYOR DE LA IGLESIA ARCIPRESTAL.
Entendemos que un programa de festejos populares ha de ser un poco como el látido de la población. De lo que es, pero también de lo que fue. Que no en balde lo que somos no viene determinado, en gran medida, por lo que fueron aquellos que vivieron antes que nosotros.
Por ello, y dada la actualidad del tema, no podemos menos que airear algo de nuestra historia, en relación con la advocación de la Asunción de la señora, titularidad parroquial que nos fue dada por Jaime I y bajo la cual se ha ido desarrollando la pequeña historia toda de nuestra ciudad.
Nuestra iglesia Arciprestal sobriamente restaurada, aunque con poca belleza y nulo sentido artístico, poseía antes de su incendio valiosos lienzos, imágenes bellísimas y ornamentos antiguos, plenos de arte y de valor material y religioso.. De entre todas las bellezas atesoradas destacaba, por su magnificiencia, el majestusoso retablo del Altar Mayor, que fue pasto de las llamas en los luctuosos dias de Julio de 1936.
Cerrado con altos bancos y una cancela de madera de doble batiente, el presbiterio tenía un imponente sentido de señorío y de buen hacer litúrgico, que se translucía en el gran facisol, con los libros de oraciones, alrededor del cual se reunía el coro de sacerdotes y seglares, en las solemnes funciones conmemorativas de las varias e importantes fiestas religiosas que se celebraban -y se celebra- en esta población.
El ornato de luces del Altar Mayor, con el presbiterio, se hallaba constituido por la gran araña central, de cristal tallado, que reflejaba con iridiscencia el sol de los dos ventanales ovales existentes en la cúpula; dos arañas laterales a la altura de los actuales púlpitos, sostenidos por sendas figuras de ángeles, y la multitud de bombillas eléctricas que emarcaban las alturas y las distribuían ordenadamente por el retablo del Altar. Y así, como ascua de oro, relucía éste, enseñando la policromía de sus pinturas y de las diversas imágenes que rodeaban, enmarcándola, a la Vigen de la Asunción, titular de la Parroquia.
El estilo del retablo era barroco, con columnas salomómicas, con guirnalda formada con racimos de uva y espigas de trigo. Fue dorado por los Marqueses de la Romana, a cambio de un día semanal de riego para su finca del Rafol. A finales del siglo XIX se doró de nuevo dicho retablo, importando entonces la respetable cantidad de dos mil duros.
La imagen de la Asunción, exactamente en el lugar que ocupa la actual, era de mayores proporciones y de mucho arte. Dos Reyes santos –seguramente Abdón y Senén- figuraban a ambos lados de la imagen titular. Y varias pinturas de Cervera adornaban diversas partes del majestuoso retablo. Y en lo más alto, además del tríptico de Cristo en la Cruz, San Juan y María, una imagen de “San Vicent de la Roda” a la izquierda y otra de San Luis Beltrán a la derecha, según se mira desde la nave del templo.
Todo ello con ese abigarramiento del estilo barrocochurrigueresco, que tanta magnificencia prestaba a las funciones litúrgicas.
Las llamas barrieron ese precioso retablo, dejándonos el recuerdo y la contemplación del mismo a través de fotografías existentes como la que acompaña este artículo. También la esperanza de que volviese a ser realidad una reproducción del mismo, costeada por los torrentinos.
Poco a poco han ido introduciéndose arreglos en el dicho Altar Mayor. El Tabernáculo actual, fabricado de piedra de ágata, mármoles y bronce, se bendijo el día de la Ascensión del Señor -18 de Mayo de 1950- y fue costeado por el Ayuntamiento, como recuerdo del Congreso Eucarístico de 1949.
Sin embargo, todos sabemos que hay algo que falta en nuestra iglesia Arciprestal. que hay algo que falta en nuestra iglesia Arciprestal. Y ese “algo” es el retablo. Por ello no podemos menos que alborozarnos, ya que se está trabajando de firme para lograr, en breve, la total restauración del mismo.
Claro que para ello se precisa, como se ha pedido en nuestro Arcipreste en muchas ocasiones, y de manera formal formal en carta circular a todos los torrentinos hace escasas semanas, la colaboración y la aportación de todos los que nos sentimos torrentinos.
Creemos que es nuestro deber. Creemos que podemos hacer el nuevo retablo. Creemos que estamos obligados a hacerlo. Y esperamos que la llamada de nuestro Arcipreste será una realidad, bastando para ello que, sabiendo lo que era el retablo que desapareció, ayudamos a lograr el nuevo, que será -si queremos- tan magnífico como el que desapareció.
(PRGRAMA DE FIESTAS PATRONALES, 1962)
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TORRENT IMATGE GRÀFICA: La gent i la ciutat (1860-1960).









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