
(Blog 20minutos.es: Viajar a la guerra)
Entro a una casa hecha mierda. Cristales rotos en las ventanas. Paredes descascaradas. Sillas oxidadas, tambaleantes. Marcos de puertas sin puertas. Y un aspecto general precario, endeble, de realidad inacabada, sometida por lo que parece prevalecer en cada rincón, en cada objeto: la miseria.
Encuentro a una mujer. El rostro surcado de arrugas a pesar de su juventud. Los brazos tatuados. La sonrisa generosa, cálida, aunque con algunos dientes ausentes. Se llama Eva. Tiene 33 años y cuatro hijos.

Ceba unos mates mientras conversamos, mientras los dos pequeños que están en la casa juegan en el suelo. En el otro extremo de la mesa: una botella de sidra vacía coronada por una rosa.
Como tantos otros argentinos, Eva vivió tiempos mejores. Ahora está sin trabajo. Subsiste gracias a un subsidio estatal, y a la ayuda de un familiar, un anciano, en los huesos, que cada tarde sale con su carro a recoger basura y que también encontró refugio en esta vivienda maltrecha.
Una hija adicta al "paco"
La conozco a través de Isabel y Alicia, las madres que luchan contra el "paco" en Lomas de Zamora, ya que la hija mayor de Eva, que en pocos meses dará a luz a su primer retoño, está enganchada a la pasta base de coca. Acaba de cumplir los 17 años.

Eva habla con desazón de su hija. Nos cuenta que le resulta imposible ponerle límites, que la joven se escapa con su novio, que dejó la escuela, que sale de juerga a todas horas, que el otro día volvió y la nariz no dejaba de sangrarle. Eva se ha puesto en contacto con el fiscal para tratar de que su hija sea internada en un centro de rehabilitación.
Claro que Eva ha cometido muchos errores en su vida. El padre de sus hijos resultó ser lo que se conoce aquí como un “pirata del asfalto”. Un ladrón, que muchas veces trabaja por encargo, de camiones que transportan productos en las carreteras. Y la pareja con la que convivió más tarde fue aún peor. Le pegaba a los niños, por lo que lo tuvo que echar.
Cometió errores y también luchó. Hasta que pudo, trabajó como vendedora de café en el Mercado Central de Buenos Aires, noches enteras, para dar de comer a sus hijos. Luchó como lo hace ahora por su hija mayor. O por Alberto, el que le sigue, que tiene doce años, y que escucha la conversación sentado en una esquina. Dejó la escuela y anda con las malas compañías del barrio. Pasa el día en los videojuegos aunque ella le dice que se ponga las pilas, que haga algo, que piense en el futuro.
¿Cómo juzgar?
Eva vive en Villa Lamadrid, un barrio marginal situado a veinte manzanas de la ciudad de Buenos Aires. Un lugar decadente, violento, en el que la norma es que las chicas se queden embarazadas apenas entran a la adolescencia, en el que el nivel de abusos hacia las mujeres resulta inconcebible.
Un barrio sitiado por la violencia, en el que mandan los jóvenes que venden droga. Un barrio sin servicio de recolección de basura, sin sistema legal de electricidad, de cloacas, en el que cuando llueve las calles se inundan y el agua fétida, cargada de mierda, del riachuelo se mete en su casa.
Lo repito, por supuesto que Eva tomó muchas decisiones erróneas en su vida, y en cierta medida podría ser responsable de su naufragio personal y el de su familia, así como todos los argentinos podrían ser culpables, en menor o mayor grado, de la estrepitosa caída del país en los últimos diez años.
¿Pero cómo culparla? ¿Lo habríamos hecho mejor nosotros en semejantes condiciones? ¿En un ambiente tan hostil y carente de oportunidades? Y si hago esta reflexión es por los comentarios, cargados de odio y racismo, que el otro día algunos participantes eventuales dejaron en este blog tras leer la historia de Carlos. Comentarios en los que se repetían expresiones tan desafortunadas como "sudaca" o "esos son los inmigrantes que después vienen a España".
Los necios de la banderita
¿Tan rápido se han olvidado de lo que era el Pozo del Tío Raimundo hace unos años? ¿Tan henchidos están de orgullo de vivir en un país rico que no recuerdan que aquí, hace treinta, cuarenta años, también había gente hundida en la miseria más absoluta y en la decadencia moral que genera la marginación y la falta de oportunidades?
¿Tan convencidos están de que se trata de una cuestión de color de piel? ¿De que esto no tiene nada que ver con la fortuna del lugar en el que uno nace? ¿Irán creciendo en número y virulencia los racistas, los intolerantes, los necios de pecho hinchado y banderita, si España entra en una crisis económica? ¿Olvidarán que si este país se ha enriquecido en los últimos años es también gracias a las aportaciones de los inmigrantes?
¿Tendremos que tolerar sus bravatas cada día? ¿No sería mejor, en lugar de juzgar a la ligera y destilar odio, reflexionar seriamente sobre las causas de la pobreza en el mundo?

Eva ceba el último mate. Me tengo que ir. Debo seguir junto a Isabel y Alicia el recorrido por las desgarradoras historias del barrio de chabolas. Le pregunto su nombre completo, para tenerlo en la libreta. Me dice: "Me llamo María Eva Catalá". Hace una pausa. Coge el mate, le pone azúcar y agrega: "Mis abuelos vinieron de Cataluña".









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